Pasos de animal grande

El Pensador de Texas labra día por día la filosofía del siglo XXI. Filosofía utilitaria, acomodaticia y ramplona como su ilustre promotor.

La guerra produce beneficios, como todas las demás empresas. El presidente Bush tiene muy claro ese concepto. Ha determinado que sólo las empresas de los países que combaten en Irak tienen derecho a participar en licitaciones de contratos financiados con recursos estadounidenses para la reconstrucción del país. Ha explicado con asombrosa claridad que esa decisión se justifica porque los que pusieron sus vidas en peligro son los únicos que merecen ser contratados. De manera que arriesga el pellejo y consigue dólares.

Claro que desde otro punto de vista, sería también lógico explicar que los que destruyeron a Irak tienen asegurada la opción de ser beneficiarios de su reconstrucción.

Las decisiones del filósofo de Washington no están sujetas al derecho internacional. Cuando un periodista le preguntó que pensaba de una opinión del canciller alemán alegando que el acceso a los contratos debe ajustarse a ese derecho, contestó con sorna que llamaría a su abogado, quien no le había advertido al respecto.

Al mismo tiempo que se anunciaba la exclusión que cubre a aliados como Canadá, Alemania, Francia y Rusia, el gobierno de Estados Unidos encomendó al señor James Baker gestionar ante los gobiernos de esas naciones la reestructuración de la deuda exterior iraquí. Un vocero de la Casa Blanca (The Washington Post, 12 de diciembre) sugirió que la reacción favorable a esas solicitudes podría morigerar el asunto de los contratos.

Doy para que des es un viejo aforismo que vuelve a tener vigencia. Cubre diversas posibilidades, desde el estímulo altruista al soborno.

El presidente de Estados Unidos, de quien se presume ser el adalid de la democracia occidental y que es a la vez propenso a caer en el elogio de los que encuentra en el camino, ha hallado su “socio en la diplomacia”, el primer ministro de China, Wen Jiabao. Difícil concebir a China como un compinche democrático, pero fácil visualizarla como competidor o aliado comercial. Su líder recibió un regalo diplomático cuando en su recepción de trabajo en la Oficina Oval su anfitrión recordó quizás el refrán de que el pez grande se come al chico y haciendo gala de su costumbre de intervenir en los asuntos internos de los demás, advirtió a Taiwán contra un proyectado referendo para solicitar la remoción de misiles chinos que amenazan a la isla y la renuncia a la fuerza.

No fue, sin duda, un encuentro democrático pero sí uno de enorme importancia táctica.

No son apenas el actual gobierno de Estados Unidos y sus socios en la liberación de Irak los que están forjando una filosofía contraria a la democracia y a la globalización. El gobierno de Israel ha emprendido una obra siniestra, otro ejemplo de la filosofía despiadada e insolidaria del siglo en curso. Cuando hacen falta puentes para acercar las culturas, las religiones y los designios de los pueblos, se construyen en cambio muros destinados a dividir a la gente, a evitar el contagio espiritual entre las naciones y a aislar la tolerancia y la aceptación. Es comprensible que esta aventura haya sido condenada por la asamblea general de las Naciones Unidas y lamentable que en ese rechazo dejara de participar un puñado de gobiernos.

Porque otro principio de la filosofía en boga enseña que la defensa propia es la primera prioridad y que cualquier disparate es admisible si se encamina a asegurarla.

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