Huele a Plutocracia

La diferencia entre el mundo industrial del Norte y el menos desarrollado del Sur es más que todo cuestión de tamaño. Hace años, en muchas poblaciones colombianas se acostumbraba rifar una ternera el domingo de elecciones entre los que votaran por el candidato oficial. En el año 2003, en Estados Unidos, el presidente de la república ha recogido en dos meses de colecta 41 millones 400 mil dólares para su campaña de reelección. ¡Más verraco que el de Guaca, legendario personaje de ese pueblo de Antioquia! Los cinco precandidatos demócratas que han tenido mayor éxito en levantar fondos han recibido entre todos 51 millones 500 mil en el primer semestre. ¡Los regalos a las campañas políticas son apenas demostraciones de buena voluntad y de lealtad ideológica de los adinerados, que pueden darse el lujo de hacerlos, sin que nadie espere retribución alguna!

El dólar no sólo perfuma el certamen democrático por excelencia, sino también los medios de comunicación, influencia y negociación en la comunidad global, lo que suele llamarse política internacional. El partido entre Turquía y Estados Unidos antes de la guerra de Irak, donde la pelota iba y venía entre el parlamento de un país y el gobierno de otro calibrando el costo del apoyo bélico en millones de dólares fue un buen ejemplo de ejercicio plutocrático en el ámbito de las relaciones entre los estados.

Se gastarán miles de millones de dólares en reconstruir lo que se destruyó en Afganistán y en Irak y habrá montones de plata gastados en afianzar la alianza de la democracia más antigua del mundo con algunas selectas nuevas dictaduras, como la de Paquistán. El presupuesto de ayuda exterior privilegia a aquellos países que han entrado de bruces en la guerra contra el terrorismo. Los billetes andan también dando vueltas por ahí, en menor cuantía, para pagar por ejemplo la mayor parte del costo del aporte de soldados de Ucrania para ayudar a establecer el orden democrático en Irak o el dar o quitar se plantea para lograr la firma de documentos de salvoconducto universal para los ciudadanos estadounidenses que no tienen por qué estar bajo la jurisdicción de una corte internacional, todo de acuerdo con la ley y en total desacuerdo con la moral.

Joseph Stiglitz, economista con premio Nobel, considera que en una sociedad como la estadounidense los mercados desempeñan el papel económico central pero el gobierno tiene un campo de acción importante, si bien limitado. Es infortunado que las grandes corporaciones tengan creciente influencia en la composición y las actuaciones del gobierno, oscureciendo las fronteras entre lo público y lo privado. Es evidente que en una comunidad en donde la riqueza es la mayor de las virtudes, los ricos conquisten las posiciones claves del gobierno. Un ejemplo patético es el de Italia, donde el primer ministro es todo un poder financiero que maneja a su antojo no sólo las finanzas sino las leyes del Estado. En Washington, sin llegar a ese extremo, las credenciales de los servidores públicos más destacados pasan por servicios prestados a las grandes corporaciones. ¡Claro que estas no gozan de ninguna prebenda por tal motivo ni tienen oportunidad de afectar las decisiones gubernamentales!

Este neo-corporativismo se diferencia del que en mala hora prevaleció en ciertos países de la Europa mediterránea en que ha tenido hasta ahora mayor respeto por la democracia. Es, sin embargo, primo hermano de aquel y su ejercicio se está desviando de los cánones democráticos y está adoptando, en especial en el campo de la justicia, prácticas que ultrajan los derechos civiles, como se señalará en el próximo artículo.

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