¡Renuncien a Francia, a sus pompas y sus obras!

Podría intentarse una comparación, odiosa como todas ellas, entre París y Madrid, para contrastar aspectos como la perfección estética de la capital francesa con la armonía cincelada a golpes de carácter de la española, pero mejor ni intentarlo porque lo francés está interdicto y hasta el elogio de la belleza de París podría sonar a desagrado herético con la liberación de Irak.

En Estados Unidos hay un creciente movimiento de boicot de los productos franceses, desde su vino generoso a sus naves aéreas, desde sus obras literarias a sus demás expresiones artísticas. Los que boicotean los productos y las enseñanzas francesas pretenden expresar mediante esa meritoria abstinencia el rechazo estridente de la actitud del gobierno del señor Chirac, que rehusó coalicionarse con Washington, Londres, Madrid, Canberra y Sofía para liberar a Irak a punta de mísiles y bombas inteligentes en lugar de hacerlo con la fuerza de la diplomacia. Dicen, piensan o mascullan los del boicot que los franchutes han actuado movidos por sucios intereses monetarios y por ambiciosos designios estratégicos, es decir, por móviles iguales a los que han impulsado al señor Bush y a sus secuaces.

Allá los gringos del boicot, que al fin y al cabo proceden con espontaneidad o se imitan entre sí. Más perderán ellos dejando de beber el Agua Evian o la Perrier para refrescarse con la de los manantiales de Pensilvania o de Vermont, reemplazando los vinos de Burdeos o la Borgoña por los de California o aún por la patriótica Coca Cola y el champán por los Cava con certificación de origen de Aznar, que los franceses vendiendo lo suyo a otros lugares del mundo. París es mucho mejor cuando hay poco turismo gringo y Francia sobrevivirá esta guerrilla de los consumidores.

Por encima de las consideraciones baladíes de un episodio de mal gusto en la historia universal, hay puntos de reflexión más serios en ese incidente propio de esta guerra que ha sido, a más de sangrienta e injusta, irracional. Quienes decretan la prohibición de adquirir o disfrutar lo que proviene de un determinado país cuyo gobierno tiene un punto de vista diferente, pueden salirse con la suya porque viven en democracia. Sus acciones, sin embargo, reniegan de los más elementales principios democráticos. En primer lugar, castigan la expresión de convicciones distintas de las suyas, socavando así el derecho elemental de disentir. En segundo término, extienden a todo un pueblo el presunto delito de sus gobernantes, postulando la culpa por asociación y desconociendo la libertad de opinión individual.

Hay otro boicot de origen menos claro y consecuencias más alarmantes, el patrocinado y promovido por el gobierno de Estados Unidos que ha querido rodearse de segundos de a bordo para disimular su olor a pólvora en la ocupación liberadora, pero pretende en la todavía utópica reconstrucción de Irak liberado, actuar con la menor compañía posible. Desde luego, Francia que no ha acompañado las bandas de liberación, estará excluida de participar en el botín de la reconstrucción. En este sentido la cámara de representantes de Estados Unidos ha aprobado una moción de fuerte aroma patriótico, excluyendo a Francia, Alemania, Rusia y Siria de colaborar en las tareas futuras de remodelación nacional y aún de enterarse de los proyectos en este campo. Las amenazas del grupo Bush respecto de las presuntas consecuencias en las relaciones bilaterales para quienes se permitieron el desafuero de estar en desacuerdo con Washington, vaticinan una ola de interferencia con los negocios franceses en las regiones del mundo donde la Casa Blanca tiene influencia preponderante, que son casi todas. Claro que a los legisladores se les olvidó otro país rebelde al yugo anglosajón, China, quizás por tratarse de un mercado de enorme potencial futuro.

La exclusión de Francia por haber desobedecido las instrucciones del pontífice magnifica el asalto del boicot privado a la vida democrática. Pero además, insiste con terquedad en un disparate cometido en el pasado reciente, ya que el boicoteo es un embrión de bloqueo, cuya efectividad se ha comprobado entre otros, en dos casos patentes, Cuba e Irak. En ambos países el aislamiento forzado por las potencias industriales ha tenido como efectos principales el hambre del pueblo y la consolidación de los regímenes dictatoriales.

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