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EL PROGRAMA ECONOMICO SANTISTA
Por Luis Avella
25 de junio, 2010
 

El candidato Santos le enmendó la plana al candidato Mockus al advertir en el último debate televisivo que existe una diferencia importante entre los objetivos y las metas. En efecto el programa santista calca de los principios uribistas la receta de la confianza inversionista y la inclusión social como objetivos para el crecimiento económico y la lucha contra la desigualdad pero propone tres metas muy concretas: tres millones de empleos  con por lo menos un empleo para un miembro de cada familia colombiana, y disminución de siete millones de pobres y de cuatro millones de indigentes. Sin embargo el cómo lograr esos objetivos y esas metas tiene una base que si bien pudiera llegar a ser milagrosa también tiene en sí misma un germen  de enorme dificultad práctica, porque para Santos la fórmula es la concertación de voluntades entre todos los actores participantes que como es obvio tienen intereses propios muy disímiles: los inversionistas externos y locales, el sector financiero, los empresarios, los trabajadores organizados, los desempleados, los desplazados e inclusive en el campo externo las políticas de los países vecinos y de nuestro principal aliado.

En todo caso la fórmula tiene que ser distinta a la aplicada en los últimos ocho años porque al final el resultado no fue exitoso en cuanto que en desempleo y desigualdad tenemos los peores índices de América Latina. Pero además algunos analistas consideran que existe una incoherencia entre las políticas de Uribe y las metas de Santos en cuanto que  la confianza inversionista ha sido aprovechada por sectores que no producen más empleo y que no necesitan las exenciones tributarias, mientras que la inclusión social se ha practicado con programas asistencialistas, por no decir populistas o clientelistas, que tampoco han disminuido los índices de pobreza y miseria.

De otra parte con una visión muy optimista el flamante uniandino Juan Carlos Echeverry, director programático de la campaña santista y confirmado como Ministro de Hacienda por el presidente electo,  expone cinco estrategias  del nuevo gobierno con énfasis detallado microeconómico en sectores específicos para materializar los objetivos de “más trabajo”, mayor empleo y menos pobreza. Se trata de impulsar la construcción de vivienda, la producción agrícola y la multiplicación de servicios urbanos (comercio, finanzas, salud, hoteles y restaurantes), y por otra parte direccionar recursos de las esperadas bonanzas petroleras y mineras para ahorrar y liberar capacidad de gasto interno  con el prepago de deuda externa  y la optimización de la utilización de las regalías. Todo esto suena muy bien pero su ejecución no es suficientemente clara porque el estado no ha podido impulsar grandes programas de vivienda en cuanto no ha contado con los terrenos urbanos necesarios y tampoco ha encontrado suficiente colaboración de las entidades financieras, la mayor producción agrícola todavía se enfrenta con la inseguridad y el desplazamiento de propietarios y trabajadores , hacer crecer los servicios urbanos requiere tiempo y capacitación y finalmente capitalizar las inciertas bonanzas por venir en sectores con enormes riesgos ambientales y conseguir los consensos políticos para modificar el uso clientelista y corrupto de las regalías en las regiones  será una labor no sólo titánica sino de magos con suerte.

Está muy bien ser optimista sobre todo cuando se inicia un nuevo gobierno que supuestamente ya  ha concitado una Unidad Nacional que se supone que es de propósitos y programas y no otra piñata burocrática y de comilona de la torta de la contratación pública. Y es obvio que en los modelos macroeconómicos computacionales todas las cifras finalmente cuadran y por eso el Presidente Santos bien se ufana de que todo lo tienen calculado. Pero infortunadamente una cosa es el modelo y otra cosa es la realidad atiborrada de urgencias y contingencias y entonces lo único que es claro es  que la solución de las urgencias será lo que embargará inicialmente la capacidad de acción y maniobra de los nuevos funcionarios. La solución inmediata del problema financiero del sector salud y su urgente restructuración para que sea viable a largo plazo, la desactivación de la bomba pensional, el manejo de las tendencias revaluacionistas del peso, la aceleración de los grandes proyectos de infraestructura cuya ejecución ha sido mínima en los últimos años y hasta la normalización del comercio externo con los países vecinos, todos son temas económicos urgentes que requieren  no solamente  enormes recursos sino además  mucho trabajo y mucha concertación santista para que se produzcan cambios mayúsculos y difíciles que no dan espera. Y también es claro que hacer todo esto y mucho más con la celeridad necesaria que impone la enorme crisis social que vive el país, sin recurrir a una reforma tributaria y sin pisar muchos callos para que la concertación sea viable será un ejercicio de alquimia tan improbable como el anunciado triunfo electoral de los verdes en la primera vuelta.

Mientras tanto, con respecto al modelo,  también hay analistas que consideran que sus bases conceptuales son equivocadas y que para empezar lo que se requiere es cambiar radicalmente el paradigma neoliberal que todavía hoy estamos aplicando a pesar de su descrédito internacional. Reformas profundas como dejar de pensar solamente en la meta de reducir la inflación, o restringir la apertura financiera, arancelaria  y comercial para desmontar la prevalencia del capital y favorecer nuestro sector rural y el crecimiento del empleo desplazados por las importaciones, son alternativas que bien merecen una consideración seria o por lo menos aproximaciones que traten de explicar por qué el modelo no ha funcionado y qué debemos cambiar desde el diagnóstico para que los remedios sean efectivos. Tal vez en este aspecto el gobierno que se estrena tiene uno de sus retos más importantes y un campo en el cual comenzar a gastar su enorme capital político porque para hacer este tipo de reformas puede llegar a ser necesario cambiar el esquema de la concertación dándole gusto a unos y a otros por  el del liderazgo claro de indicar lo que se debe hacer así a parte de los amigos no les guste.

De todas maneras, y tal como está de moda decirlo en estos días, el presidente electo ya no es solamente el presidente del partido de la U sino el presidente de todos los colombianos, lo cual no solamente significa que el presidente buscará mejorar el bienestar de todos,  incluyendo a los verdes y amarillos que le seguirán reclamando la inclusión de sus tesis e ideales en sus programas de gobierno, sino que también implica que todos los colombianos debemos  darle  a su gobierno un compás de espera y confianza para que pueda comenzar a realizar sus buenos propósitos y que además debemos contribuir con nuestras acciones proactivas de buenos, honestos, trabajadores  y participativos ciudadanos para que las metas colectivas se cumplan en una sociedad cada vez más incluyente y justa.

 

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