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EL FANTASMA DE MI PADRE
Por Luis Avella
6 de diciembre, 2009
 

Si antes de mi muerte el único interés del abuelo era descifrar la iridiscencia de las aguas del río, ahora se había vuelto un observador soslayado de los cambios del semblante de Piedad. Ella, bella, había llorado la noticia de mi fusilamiento un día exacto desde las tres de la tarde del viernes hasta las tres de la tarde del sábado. Entonces se levantó con los ojos encharcados para anunciarle a la Má que ella tenía que averiguar si era cierto que yo había muerto por orden de mi padre.

A pesar de que sin saber exactamente por qué, Piedad recelaba quedarse a solas con él, en la mitad de su inocencia se negaba a creer semejante absurdo. No podía ser cierto que me hubiera mandado matar con  la ceguera del deber revolucionario. Piedad primero había perdido como yo al viejo taciturno, y solo lo había sentido porque al tiempo había perdido a la Má en sus inescrutables silencios, después me había perdido a mí y no quería creerlo y ahora estaba en trance de perder su inocencia. Mi tío que había sido el portador de la noticia y que también se negaba a creer que su hermano estuviera tan embrutecido, debería tener la clave para encontrar mi cuerpo y la verdad, y por eso Piedad acudió a él para pensar con él qué hacer. La respuesta fue, desde detrás de sus bigoticos delgaditos, ese no es asunto tuyo Piedad, ese no es un asunto de niñas y aquí en el río nadie sabe más y nadie quiere saber más.

Pero la terquedad de las mujeres solo es comparable con su capacidad de maquinación, aún desde niñas. Así es que cuando vislumbró que su primo Wilmer no se atrevía a hablarle, literalmente, en su primera oportunidad sin testigos, se lanzó detrás de su canoa y al alcanzarla y colgarse del brazo que la invitaba a subir, desde el agua con su hermoso cabello mojado, con sus ojos enormes y húmedos de mojarra inquieta, practicó sin saberlo el viejo arte de seducción hipnótica de las  sirenas del Egeo. Wilmer no resistió un segundo y le dijo yo se quien trajo el cuento y yo se en qué caño vive.

Era un hombre joven, grueso, trigueño y paisa de barba rala, cicatrices varias y tatuajes grandes y burdos en la nuca y en los brazos. Wilmer había oído decir que llegó por primera vez al río hacía un poco más de un año y que con la plata que cargaba en el carriel en una semana ya era dueño de todo y había contratado una docena de hombres para que le ayudaran a parar la finca y sobretodo para que lo cuidaran.

Piedad esperó terca toda la tarde en el broche de palos chuecos y alambres oxidados hasta que casi entró la noche y escuchó el ronroneo del motor que se acercaba por el caño. Javier venía adelante sin camisa, tambaleándose  por el leve maretero que producía la canoa y por la borrachera del guaro de las rentas chocoanas. Bajó a tumbos por el incipiente muelle de tablas podridas  ayudado por el muchacho que no la había dejado entrar a la finca. Detrás empujándolo venía una negra enorme y en la canoa seis hombres, todos armados, se aprestaron para bajar dos docenas de canecas azules de cincuenta galones pesadas y olientes a químicos y a éter.

Y qué carajos quiere esa niñita, gritó la negra antes de que Javier entendiera qué pasaba. Piedad altanera le contestó, nada que a usted le interese, y siguió esperando a que el hombre la mirara y cuando él finalmente reparó en sus piernas firmes que casi le salían desde la línea grácil de sus falsas costillas, pudo escuchar la pregunta dura y seca, en dónde supo que fusilaron a mi hermano. Yo no se, Yo no se, de qué me hablas mocosa, y cayó de espaldas con la cabeza borracha de letargos y de sangre, mojada intermitentemente  por las pequeñas olas del playón ya oscuro de la noche.

Entre todos, la negra grande y sus hombres cuadrados y el muchacho asustado,  arrastraron el costal de mierda, sangre y alcohol que era Javier, a veces rodando como las canecas, hasta la casa de la finca. Y detrás furiosa y voluntariosa indómita y muda a la fuerza por no tener con quién hablar, Piedad.  Si tenía que seguir esperando toda la vida para que ese hombre le dijera la verdad y además le ayudara a rescatar el cuerpo de su hermano así lo haría. Si el precio fuera la vida, de todas maneras lo iba a hacer. Hasta el fin del mundo iría para entender el mundo y sus miserias.

Era ya el medio día lacerante de luz cuando Javier por fin volvió a ser el arrogante amo de su carriel y muchas vidas. Siguiendo sus instrucciones y rutinas previas ya los químicos habían sido despachados. De manera sincronizada como un engranaje bien aceitado, sordo y omnipresente, los insumos llegaban a la cocinas esparcidas por la selva todos a una para producir las cuotas de panelas para la exportación  a ser recogidas en fechas estipuladas por otros emisarios siempre distintos y atentos a cumplir las citas de los botes de cabotaje de la costa que a su vez alimentan con precisión de trapecistas las lanchas rápidas o los submarinos hechizos equipados para más largas travesías hasta las costas del pacífico norte. Por eso mientras Javier se recuperaba de todos sus excesos alguien tenía que seguir al mando de las operaciones y la negra había aprendido el oficio al mismo tiempo que había aprendido a lidiar con su embrutecimiento cotidiano.  

Cómo supo de la muerte de mi hermano, Piedad volvió a increparlo. Yo no se. Yo no se. No me hables más y lárgate ya de mi finca. Javier inspeccionó las canoas con los últimos envíos, dio algunas órdenes para ser más cuidadosos con los encuentros con las patrullas fluviales de los unos y los otros, de la policía buena y la policía mala, de los soldados disciplinados y los soldados corruptos, de los frentes guerrilleros descoordinados, de los desmovilizados y de los salteadores y hasta de las otras bandas paras que siempre caen en la tentación de resarcir sus pérdidas infringiéndoselas hasta a los amigos.  

Piedad perseguía con rabia a sus fantasmas y a Javier y Javier perseguía endemoniado el delirio de la coca, del dinero y de la esquizofrenia vital frente a la muerte. Prendieron los motores y nadie intentó bajarla ni ella se arredró ante la perspectiva de quedar a merced de ocho jayanes y de la negra enorme. Finalmente calló porque se cansó de escuchar gruñidos e insultos por respuesta y con la cabeza metida entre las piernas buceó en sus recuerdos de niña solitaria jugando con el barro y las gallinas, al medio trote colgada de las faldas viejas de su Má, llorando de desencanto, desamor y hambre por no poder seguir chupando su leche siempre escasa

Despertó con hambre cuando la negra le tendía una totuma de agua pero fue incapaz de pedir nada cuando vio que los demás comían. Pero sí tuvo fuerzas para volver a gritar llévenme a desenterrar a mi hermano. Callate, callate, callate ya, o te botamos al río, chilló también la negra mirándola con ira ante la pasividad  adormilada de los hombres. Una vez y otra vez gimieron y chillaron ambas en una lucha singular que parecía no tener eco ni en los árboles impasibles ni en la inconciencia  de los matones.

Ya cayendo la tarde la despertó otro estrépito de balas y de gritos. Agáchense y respóndanle a esos elenos hijueputas. Acelérelo y cruce a la otra orilla rápido que nos matan estos malparidos. La que más gritaba y disparaba era la negra mientras que el muchachito que jugaba con el timón a hacer eses se agachaba y volvía a mirar adelante el recodo que los iba a salvar de la emboscada. Fueron cinco minutos de pánico que dejaron aterrorizada a Piedad y bufando de ira a los malindres y a la negra al percatarse de que uno de ellos había caído. Era claro entonces que si el hombre no había muerto tampoco se iba a salvar, por lo cual lo práctico y lo que ordenó la negra de inmediato fue tirarlo al río no sin antes despojarlo de todo indicio de identificación y de todo elemento o equipo de valor que pudiera llevar encima, desde la metralleta hasta las botas, y desde la fotico de la novia sonriendo en las fuentes de los Pies Descalzos hasta la venerada imagen de la virgen milagrosa de Santuario que muchas otras veces lo alcanzó a proteger tanto para disparar con tino como para salvarse de las balas que le silbaban en las mismísimas orejas.

Recuperada la calma después del alboroto y una vez que finalmente despertó el borracho con un hombre menos pero con una hambre atroz, la negra decidió  que lo mejor era acampar en la orilla y esperar el alba para continuar río abajo.

La noche en la selva es lenta y larga y, a la madrugada, fría. A las nueve, cuando la luna todavía no aparece, diera la impresión de que ya la oscuridad ha durado mas de media eternidad, y ya uno ha vuelto a pasar revista de toda su vida y se ha cansado de volver a lamentar las oportunidades que dejó pasar, las frases que no dijo, los rencores baladíes y las lágrimas de rabia y de impotencia. Javier despertó a la una de la madrugada y se metió entre el río con las botas puestas y sin siquiera quitarse la camisa, deslizándose entre el agua sin hacer el menor ruido como los caimanes grandes. Allí flotando de espaldas  y arrinconado por la corriente contra uno de los botes atracados en la orilla, descansó consciente y cuando se incorporó chorreando agua también comenzó a chorrear berridos para reiniciar la travesía.

Cuando prendieron de nuevo los motores todavía no se podía distinguir dónde comenzaba la selva y se acababa el río y todos parecían flotar sobre un vaho irreal que cubría el bote hasta por encima de sus bordes. A esa hora incierta entre la noche y el día, Piedad sí tenía la certidumbre de que cumpliendo un pacto tácito Javier la llevaría hasta la fosa  a la cual me habían botado después de fusilarme y que por lo menos para el viejo taciturno se había convertido en un campo de espanto.

Su vida se volvió insoportable cuando no solo él sino toda la cuadrilla fueron llenándose de razones para creerle el cuento a mi última enfermerita que ella si me había oído decir que yo era el hijo del comandante y que yo quería pedirle que volviera a la casa a rescatarnos del olvido. Mis ojos se volvieron entonces los ojos de todos y él ya no podía rehuirlos, como tampoco podía rehuir sus propios ojos al mirarse en el espejo del estuchito de su maquina de afeitar que había sido mi último regalo de día del padre. Y menos quería volver a pasar por el frente del potrero en donde sabía que yo me estaba pudriendo.

Entonces disfrazándolo como movimiento estratégico comenzó a decir que ya era hora de cambiar de campamento. Así fue que cuando Javier iba a su encuentro, él ya se había dedicado, río arriba y río abajo, a encontrar un nuevo sitio amplio con agua y con sombra, con accesos y salidas a la vez rápidas y resguardables y sobre todo con la posibilidad de localizar el campo de entrenamiento, que era el mismo sitio de los fusilamientos, lejos de la plaza de armas en donde estaba el cambuche del comandante y en donde no se deberían oír ni los gritos de los encargados de entrenar a los reclutas nuevos, ni los cánticos monótonos del pelotón en marcha ni mucho menos las descargas de fusilamiento

Javier escuchó el motor cansado abriéndose paso contra la corriente y dio la orden de resguardarse en la orilla para evitar un encuentro de frente y al contrario estar preparados para caerle al enemigo por sorpresa. Cuando en el recodo apareció la lancha de inmediato reconoció al comandante tan rápido como Piedad identificó a su padre. Javier lo saludó con el gesto militar de todos los troperos. El viejo no respondió pero a través de Javier se quedó mirando a la negra y detrás de ella a esa muchachita de ojos duros que no le quitaba la vista de encima. Algo lo turbaba y le hacía presentir que algo estaba mal y algo resultaría mal.  Por eso quiso abreviar y preguntó seco sin esperar a que los dos botes se rozaran, qué me trae. Javier no alcanzó a responder cuando salto adelante Piedad gritando Viejo, dónde está mi hermano. El comandante no salía de su asombro por el grito que además no acababa de entender y al mismo tiempo volvió a sentir la mirada fría de sus hombres, que sí presintieron de qué se trataba la angustia de Piedad. El rito quedó suspendido en el aire y solo se rompió cuando la negra le ordenó al timonel, vámonos de aquí que yo con este hijueputa no trabajo.

La negra decidió que lo que había que hacer ahora era seguir bajando por el río hasta la desembocadura  en el mar para tratar de negociar directamente con alguna de las lanchas de cabotaje a pesar del peligro de encontrarse con los botes inflables de la armada o los yatecitos de pesca de los vagabundos de la DEA. Pero el peligro no estaba allá al frente en la playa o en el mar abierto sino atrás en el río, en el rencor herido e iracundo del comandante que había escupido diciendo ese madrazo no se queda así.

En efecto, todo lo peor sucedió. Después de esperar por horas camuflado cerca de la desembocadura, Javier tuvo éxito en interceptar una de las lanchas de cabotaje y negociar en un dos por tres  las mil trescientas panelas de un kilo cada una al mismo precio al que se las hubiera pagado mi padre, y una vez encaletó los dólares en las mismas canecas azules de los precursores químicos ordenó regresar para encontrarse con la muerte. Mi viejo pacientemente los había estado aguardando un kilómetro aguas abajo de donde estaba el campamento y mi campo santo. Con precisión milimétrica disparó la ametralladora y barrió de un golpe  a Javier y a los hombres que iban en la proa y que destrozados cayeron al agua aparatosamente. La negra tuvo la sangre fría para  ripostar ella misma el ataque con otra ráfaga que también tumbó al comandante y a la mitad de su grupo. El resto huyó despavorido ante la furia de la negra que herida seguía disparando y Piedad nunca sabrá si alcanzaron a recoger al viejo o si es que se ahogó o si sigue huyendo de sí mismo tratando de ocultar sus mutilaciones en el cuerpo y en el alma.

Cuando el río y la selva recobraron su silencio profundo la negra agonizaba en los brazos de Piedad y apenas tuvo tiempo de instruirla entre gemidos y a los gritos. Ahora todo es tuyo, Piedad. Tú ya lo sabes todo. No dejes perder ni la finca ni las rutas. Dile al encargado que Javier murió y yo te dejé todo, los computadores los contactos y los radios. Todos te van a obedecer porque tienes la plata en las canecas y eres una berraca. Así murió la negra y Piedad ya era entonces la dueña de haciendas y conciencias.


 

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